Me tomó bastante tiempo darme cuenta de lo hermosa que podía ser una nube de tormenta. Antes me preguntaba para qué servía el dolor. Se lo preguntaba a Dios una y otra vez. Me parecía imposible que algo doloroso pudiera dar origen a algo hermoso.
¿Cómo podía algo que duele convertirse en el fundamento de algo bueno? Sonaba a cuento de hadas, a una de esas mentiras que nos contamos para no rompernos sin remedio. ¿Cómo podían tener sentido las heridas? ¿Cómo podía guardar una promesa la tristeza? ¿Cómo podía el sufrimiento convertirse en la tierra donde creciera algo santo?
Pero entonces leí sobre un hombre cuya carne fue desgarrada, cuyas manos fueron atravesadas por clavos y cuyo cuerpo llevó el peso de un amor tan profundo que eligió sufrir. Recibió el dolor con el corazón abierto. No huyó de la herida, de la agonía ni de la tormenta. Los atravesó.
No llamó hermoso al dolor en sí mismo, pero sabía qué belleza nacería de él. Sabía que a veces el camino a la redención está manchado de sangre. Sabía que a veces el amor sangra. Aceptó sufrir porque ya podía ver lo que la salvación haría en mí. Soportó la cruz porque veía la restauración. Aceptó aquel dolor porque sabía que la gracia sería un tesoro de valor incalculable.
Después de mirar al Calvario, empecé a comprender el dolor de otra manera. La cruz me mostró cómo el día más oscuro podía abrir una puerta a la esperanza, aunque sufrir siguiera doliendo. Por eso, ahora, cuando se juntan las nubes de tormenta, no veo solamente oscuridad. Veo la posibilidad de que la lluvia alimente raíces que todavía no alcanzo a ver. Veo a Dios trabajando en silencio bajo la superficie. Veo que incluso el dolor puede ser el comienzo de algo hermoso en sus manos.
Espero que estas palabras te hayan dado un poco de esperanza.
El sana á los quebrantados de corazón, y liga sus heridas.
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