Tal vez llevas semanas orando por lo mismo, y sigue siendo lo primero que te preocupa al despertar. Crees que Dios es bueno. Simplemente no entiendes qué está haciendo. Alguien cuenta cómo recibió una respuesta a su oración y, aunque te alegras por esa persona, te preguntas: «Señor, ¿y yo?». Cuesta admitirlo cuando parece que todos esperan que seas fuerte.

Puedes llevarle esas preguntas a Dios. No tienes que encontrar una manera alegre de contar algo que te duele. La Biblia nos deja escuchar las oraciones de personas que lo amaban y estaban profundamente angustiadas. Oímos su miedo mientras acuden a Él. Esa sinceridad también tiene un lugar en tu relación con Dios.

¿Cómo seguimos cerca de Jesús cuando creer parece exigir más fuerzas de las que nos quedan? Pensemos un momento en las personas que Jesús encontró en medio de sus luchas. Sus historias pueden ayudarnos a dar un primer paso.

Puedes llevar tus dudas a Dios

En Marcos 9:14-27, un padre llega a Jesús con su hijo que sufre. Ya ha pedido ayuda a los discípulos, pero ellos no han podido liberar al muchacho. En su petición se escuchan tanto esperanza como incertidumbre. Cuando Jesús le habla de creer, el padre responde:

Y luego el padre del muchacho dijo clamando: Creo, ayuda mi incredulidad.

Agradezco que podamos leer su respuesta. Lleva ante Jesús la fe que tiene, junto con la incredulidad con la que está luchando, y le pide ayuda. Jesús libera a su hijo. Nosotros podemos acercarnos a Cristo con esa misma disposición a hablarle con sinceridad y recibir su ayuda.

Quizá te ha preocupado que hacer una pregunta signifique alejarte de Dios. Sin embargo, «Señor, me cuesta creerte; por favor, ayúdame» sigue siendo una oración dirigida a Él. Sigue hablando con Dios. Date tiempo para leer con atención o volver a pensar en algo que te enseñaron. Busca a alguien que escuche tu pregunta sin apresurarse a pasar a otra cosa.

Piensa en llamar a una persona de confianza cuando tienes miedo. Te tiembla la voz y te quedas a mitad de una frase. Hiciste la llamada porque confías lo suficiente en esa persona como para pedirle ayuda. No tuviste que parecer tranquilo primero. También puedes acudir a Jesús mientras tus emociones siguen revueltas. Pídele la fe que necesitas mientras hablas con Él.

Tu tristeza tiene lugar en la oración

El Salmo 13 comienza con una pregunta que quizá te haya costado expresar:

¿Hasta cuándo, Jehová? ¿me olvidarás para siempre? ¿hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?

David le pide a Dios que responda porque está sufriendo. En esa misma oración habla de confiar en su amor. Allí están tanto su dolor como su confianza. A eso solemos llamarlo lamento: contarle a Dios cuánto nos duele la vida mientras apelamos a su bondad. Tú también puedes hablarle con esa sinceridad.

Puede ser agotador sentir que siempre debes parecer seguro delante de otros cristianos. Con el tiempo, llevamos esa presión a la oración y corregimos lo que queremos decir antes de decirlo. Pero piensa en Jesús en Getsemaní. Habló abiertamente de su profunda tristeza y preguntó al Padre si aquella copa podía pasar de Él, mientras se rendía a su voluntad (Mateo 26:36-39).

Háblale a Dios de esa conversación que no deja de dar vueltas en tu cabeza o de la pérdida con la que todavía no sabes cómo vivir. Pregunta por qué. Reconoce tu enojo y pide alivio. Si solo puedes decir: «No sé cómo orar», Romanos 8:26 nos recuerda que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Acércate con las palabras que tengas.

Acompaña a Pedro hasta el final del relato

Uno de mis relatos favoritos sobre la fe es el de Pedro caminando sobre el agua, en Mateo 14:22-33. Jesús ha enviado a los discípulos por delante en una barca. Mientras las olas la golpean, se acerca a ellos caminando sobre el mar. Tienen miedo y Él los tranquiliza. Pedro le pide que le ordene salir a su encuentro sobre el agua, y Jesús responde: «¡Ven!».

Pedro sale de la barca y camina hacia Él. Luego ve la fuerza del viento, se asusta y comienza a hundirse. No tiene tiempo para una oración larga. Grita:

Mas viendo el viento fuerte, tuvo miedo; y comenzándose á hundir, dió voces, diciendo: Señor, sálvame.

Fíjate en lo rápido que responde Jesús. Inmediatamente sostiene a Pedro (Mateo 14:31). Le habla de su poca fe y de su duda mientras lo rescata. Pedro no tiene que recuperar la calma antes de recibir ayuda. Recuerda esa parte del relato cuando pienses en acercarte a Jesús con tu propio miedo.

Recuerda también por qué los discípulos estaban en aquella barca. Estaban haciendo lo que Jesús les había pedido. La tormenta llegó mientras le obedecían. El miedo de Pedro tampoco le quitó autoridad a Jesús. Él seguía siendo capaz de sostenerlo, y los discípulos lo adoraron como Hijo de Dios. Tengamos todo eso presente al leer el relato.

Mantener la mirada en Jesús significa escucharlo y volver a lo que sabemos de su carácter. Pedro salió de la barca porque Jesús le dio una orden concreta. Podemos admirar su valentía y recordar que seguir a Jesús también requiere buen juicio. No necesitamos crear una situación peligrosa para demostrar nuestra fe ni exigirle a Dios el milagro que nosotros hemos elegido.

Dios sigue siendo poderoso cuando tienes miedo

Quizá alguien te ha dicho que «la fe activa la Palabra de Dios» y que «la duda la desactiva». Si lo escuchaste cuando ya estabas sufriendo, tal vez empezaste a vigilar cada pensamiento, temiendo que un momento de angustia anulara la ayuda de Dios. Es un miedo que pesa mucho. El poder de Dios no aumenta ni disminuye según lo estables que sean tus emociones.

Volvamos un momento a Mateo 14. Pedro se está hundiendo y Jesús puede salvarlo. Dios nos llama a confiar en Él y a seguirlo; nuestra respuesta importa. Pero nosotros no aportamos el poder que lo hace Dios. Dependemos de su misericordia. Cuando le pedimos que fortalezca nuestra fe, estamos pidiendo ayuda a quien ya es fuerte.

Esto es especialmente delicado cuando oras por alguien a quien amas. Si las cosas no han salido como esperabas, no te apresures a culparte, ni a culpar a alguien más, por haberlo arruinado todo al dudar. Sigue presentando tus peticiones a Dios. No podemos controlar cada resultado creyendo con más intensidad. Deja que la fe te acerque a Cristo sin llevarte a tener miedo de tus propios sentimientos.

Cuando una decepción parece ocuparlo todo

Un solo rechazo puede seguir en tu mente mucho después de cerrar el correo. «No me eligieron» se convierte en «No valgo nada». Una lucha que lleva meses empieza a parecer una prueba de que Dios te ha abandonado. Ese dolor merece atención. También la merece lo que estás empezando a decirte sobre tu vida a partir de él.

Sostén un sobre pequeño justo delante de tus ojos y puede ocultarte casi toda la habitación. Aléjalo y volverás a ver la silla y la ventana. El sobre sigue ahí. La oración y las Escrituras pueden ayudarnos a mirar nuestra dificultad con esa perspectiva más amplia. Recordamos quién es Dios y comenzamos a reconocer la ayuda y las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.

«No conseguí el empleo» puede significar una decepción real y nuevas solicitudes que preparar. «Dios nunca me ayudará» dice más de lo que ese rechazo puede demostrar. Date tiempo para sentir la pérdida y después pide sabiduría para dar el siguiente paso. Quizá alguien pueda revisar tu solicitud contigo. Al leer Romanos 8:31-39, recuerda que esta experiencia difícil no puede separarte del amor de Dios en Cristo.

Cuando un versículo llame tu atención, lee también el párrafo que lo rodea. Puedes encontrar consuelo o darte cuenta de que habías entendido mal algo. Quizá veas una responsabilidad que estabas evitando. Dale espacio a la Palabra de Dios para guiarte, aunque te lleve a considerar algo que no esperabas.

Trata con ternura a quien está sufriendo

Santiago 1:2-4 habla de la perseverancia que crece cuando la fe es puesta a prueba. Dios puede ayudarnos a ser más pacientes y compasivos en los momentos difíciles. Aun así, decirle a una persona en duelo que Dios provocó su pérdida para enseñarle una lección puede añadirle otra carga. Podemos confiar en que Él obra en el sufrimiento sin pretender saber por qué ocurrió cada pérdida.

En Juan 16:33, Jesús preparó a sus discípulos para las dificultades. Una persona puede seguirlo fielmente y aun así sentirse agotada por lo que está viviendo. Cuando encuentres a alguien cansado o confundido, escucha antes de decidir que ha dejado de mirar a Jesús. Quizá descubras cuánto le está costando seguir adelante.

Si estás sufriendo maltrato, pedir protección puede ser parte de tu respuesta fiel a Dios. El llamado a perseverar nunca justifica a quien hace daño. Cuéntale lo que sucede a una persona de confianza y pide ayuda. Y cuando seas tú quien acompañe a alguien que sufre, puedes escuchar y ofrecer algo concreto. No necesitas tener una explicación para todo antes de cuidar de esa persona.

Deja que alguien te ayude con esta carga

Gálatas 6:2 nos pide llevar las cargas unos de otros. A veces también necesitamos dejarnos cuidar. ¿Hay alguien a quien puedas decirle: «Estoy pasando por un momento difícil y me vendría bien tu compañía»? No tienes que esperar a saber explicarlo todo con claridad.

Imagina que intentas pasar una mesa pesada por una puerta estrecha. Puedes levantar tu extremo, pero necesitas a alguien al otro lado para equilibrarla y ayudarte a girar. Juntos pueden detenerse y ajustar cómo la sostienen. La comunidad cristiana debería ofrecer esa clase de compañía práctica. Poder hacer una parte del trabajo no significa tener que encargarte de todo a solas.

Alguien podría llevarte la cena o sentarse contigo mientras haces una llamada difícil. Un amigo puede orar cuando no encuentras palabras. Un pastor puede ayudarte con una enseñanza que te ha dejado con miedo, y un profesional cualificado puede brindarte la atención que necesitas. Recibir ayuda tiene su lugar junto a la oración. Diles a otros qué haría este día un poco más llevadero.

Recuerda a Elías en 1 Reyes 19:4-8. El profeta agotado duerme, come y recibe agua antes de que el relato avance hacia nuevas instrucciones. Hay ternura en esa atención a su necesidad física. Una comida o una noche de descanso no resolverá todas tus preguntas, pero tu cuerpo también necesita cuidado. Puedes honrar a Dios al tomar en serio esa necesidad.

Cuando todavía quisieras que todo fuera distinto

Pablo pidió tres veces que le fuera quitado su aguijón en la carne. No sabemos lo suficiente para decir exactamente qué era. Sí sabemos que deseaba alivio. Esta fue la respuesta que recibió:

Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo.

Pablo había pedido con sinceridad y la dificultad seguía allí. La gracia de Cristo lo sostendría en esa realidad. Si continúas viviendo con algo por lo que has orado una y otra vez, su historia puede acompañarte. Sigue pidiendo alivio. Pídele también a Dios que te ayude a vivir este día, en unas circunstancias que nunca habrías elegido.

Habacuc contempla la posibilidad de pérdidas terribles antes de hablar de su alegría en Dios (Habacuc 3:17- 19). Nombra los campos vacíos y los rebaños ausentes. Mira de frente lo que podría perder. Entonces, sin borrar esa realidad, se vuelve hacia el Dios de quien depende:

Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salud.

Compartamos estas palabras con sensibilidad cuando alguien está de duelo. Sus lágrimas no tienen que terminar para que nos sintamos tranquilos acerca de su fe. La esperanza que Dios nos da va más allá de la respuesta a una sola oración, hacia la vida y la restauración que promete en Cristo (Romanos 8:18-25). Podemos anhelar ese futuro mientras este momento todavía duele.

Empieza por lo que hoy esté a tu alcance

Cuando la vida parece demasiado pesada, puedes empezar por algo pequeño. Tal vez elijas una sola de estas respuestas y le dediques tu atención hoy.

  • Cuéntale a Dios lo que te preocupa con palabras sencillas. Nombra lo que más duele y pídele la ayuda que necesitas en esa parte de tu vida.
  • Lee despacio un pasaje. Prueba con Marcos 9:14-27, Mateo 14:22-33 o el Salmo 13. Detente en lo que descubres de Dios antes de preguntarte si estás haciendo lo suficiente.
  • Cuéntale a Dios lo que esperas que ocurra. Después, pídele ayuda para reconocer lo que Él realmente ha prometido. Puedes presentarle un deseo profundo con sinceridad sin convertirlo en una garantía.
  • Pide una ayuda concreta a alguien de confianza. «¿Podrías orar conmigo esta noche?» es una petición sencilla que le ofrece una manera de empezar a acompañarte.
  • Haz lo siguiente que sea prudente y esté a tu alcance. Acude a la cita o realiza esa llamada. Pide perdón si hace falta. Si has llegado al límite de tus fuerzas, deja espacio para descansar.

Escribe la pregunta que vuelve una y otra vez. Tenla presente al leer y compártela con alguien dispuesto a pensarla contigo. Quizá necesites más de una conversación. Date tiempo para aprender y sigue hablando con Dios durante ese proceso.

Sigue volviendo a Jesús

Si hoy sientes tu fe especialmente débil, empieza con el grito de Pedro pidiendo ayuda. Tal vez haya muchas cosas que no puedes explicar y muy poca energía para afrontarlas. Aun así, puedes volverte hacia Jesús y pedirle que te ayude a vivir lo que queda de este día.

La cruz y la resurrección nos dan razones para confiar en su amor, aunque nuestra propia historia sea difícil de entender. Vuelve a lo que Él nos ha mostrado de sí mismo. Abre su Palabra cuando puedas y deja que alguien lea u ore contigo cuando necesites ese apoyo. Puedes contarle la verdad sobre cómo te encuentras.

Recuerda ambos momentos: Jesús llamó a Pedro a caminar sobre el agua y le tendió la mano cuando tuvo miedo. Al pensar en tu propia lucha, recuerda también esa mano extendida.

Una oración cuando cuesta creer

Señor Jesús, creo y necesito tu ayuda donde estoy luchando. Conoces lo que me duele y las preguntas que sigo haciendo. Ayúdame a hablarte con sinceridad, escuchar tu Palabra con claridad y aceptar el apoyo que pones a mi alcance. Te pido alivio. Mientras espero, ayúdame a dar el siguiente paso y confiarte lo que no puedo controlar. Quédate cerca mientras aprendo a vivir este día contigo. Amén.

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