Durante las últimas semanas, meses e incluso días, me he encontrado con algunas afirmaciones bastante preocupantes en internet, especialmente entre otros cristianos. He visto a personas declarar con toda seguridad que, si eres cristiano, tienes que votar por el Partido Republicano. Algunas incluso llegan a insinuar que votar por el Partido Demócrata significa que no eres un verdadero cristiano, que estás comprometiendo tu fe o que no puedes representar a Cristo si apoyas a ese partido. Y, aunque parezca increíble, también he visto comentarios según los cuales los cristianos que votan por el partido equivocado están poniendo en peligro su salvación.
Cada vez que leo algo así, no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿desde cuándo nuestra afiliación política se convirtió en una prueba de nuestra salvación? ¿Desde cuándo votar por los republicanos es un requisito para seguir a Jesús? ¿Y en qué momento comenzamos a tratar a los partidos políticos estadounidenses como si alguno de ellos tuviera el derecho exclusivo de representar al cristianismo? Antes de continuar, quiero aclarar algo. No estoy diciendo que los cristianos deban ser indiferentes a la política ni que nuestra fe no tenga que influir en la manera en que votamos. Nuestras convicciones influyen naturalmente en nuestra comprensión de la moral, la justicia, la dignidad humana y las responsabilidades que tenemos hacia los demás. Y creo que debemos tomarlas muy en serio.
Pero existe una diferencia entre permitir que la fe oriente nuestras decisiones políticas y declarar que toda persona que no vota como nosotros es menos cristiana. Y creo que necesitamos hablar de esa diferencia. Porque el problema comienza cuando dejamos de animar a las personas a examinar los asuntos políticos a la luz de las Escrituras y empezamos a decirles que su salvación depende del partido que apoyen. Tenemos derecho a tener opiniones políticas, a respaldar candidatos y a discrepar sobre las políticas públicas. Sin embargo, como cristianos, nuestro fundamento último no debería ser un partido, un político ni siquiera la cultura política en la que crecimos. Nuestro fundamento es la Palabra de Dios.
Así que, en lugar de preguntarnos qué partido se supone que deben apoyar los cristianos, quisiera que planteáramos otra pregunta: ¿qué enseña realmente la Biblia sobre nuestra relación con la política, las leyes civiles y las personas cuyas creencias son diferentes de las nuestras? Y, quizá todavía más importante, ¿hemos confundido la defensa del cristianismo con el intento de obligar a todo el mundo a vivir según nuestras convicciones cristianas?
¿Ordena la Biblia votar por los republicanos o los demócratas?
Quiero comenzar respondiendo directamente a la pregunta. No, la Biblia no ordena a los cristianos votar por el Partido Republicano, por el Demócrata ni por ningún otro partido político. No existe ningún versículo que diga que debes votar por los republicanos para ser fiel a Jesús, del mismo modo que tampoco existe uno que convierta el voto demócrata en un requisito para seguirlo. Los partidos Republicano y Demócrata son instituciones políticas. El cristianismo, en cambio, se centra en Jesucristo. Y aunque un partido pueda defender medidas que algunos cristianos consideran coherentes con determinados principios bíblicos, ninguno de los dos partidos es el evangelio.
Creo que debemos recordarlo, porque a veces hablamos de nuestras afiliaciones políticas con una certeza que la Escritura reserva para asuntos relacionados con la fe. Efesios 2:8-9 enseña que somos salvos por gracia, mediante la fe, y no por nuestras propias obras. Romanos 10:9 habla de confesar que Jesús es el Señor y de creer en su resurrección. Esos pasajes establecen algo esencial sobre la salvación cristiana: su fundamento está en Cristo, no en nuestra identidad política. Y quisiera que pensáramos detenidamente en lo que ocurre cuando alguien le dice a otro creyente que votar por un partido determinado lo enviará al infierno.
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.
¿Qué autoridad bíblica le concede a esa persona el derecho de hacer una afirmación semejante? Podemos cuestionar el razonamiento de alguien. Podemos preguntarnos si una política es coherente con los valores bíblicos. Podemos conversar seriamente sobre las consecuencias morales de nuestras decisiones electorales. Pero declarar que el voto de una persona determina automáticamente si pertenece o no a Cristo es algo completamente distinto. Y considero que es muy peligroso cruzar esa línea. Imagina a dos cristianos que aman sinceramente a Jesús, estudian la Biblia, oran y desean honrar a Dios con sus vidas. Uno cree que las políticas relativas al aborto, la libertad religiosa y la familia deben tener un peso prioritario en su voto. El otro considera que las medidas relacionadas con la pobreza, la atención médica, la inmigración y el trato a las personas vulnerables merecen una atención especial.
Ambos pueden considerar importantes todos esos asuntos y, aun así, llegar a conclusiones distintas sobre qué candidato o partido apoyar. ¿Significa automáticamente ese desacuerdo que uno de ellos no ama a Jesús? No creo que la Escritura nos dé permiso para sacar semejante conclusión. Eso no quiere decir que todas las decisiones políticas sean igual de prudentes ni que debamos dejar de examinar las consecuencias de apoyar a un candidato. Las decisiones políticas pueden tener implicaciones morales graves, y debemos estar dispuestos a hablar de ellas con honestidad. Pero discrepar sobre cuál es la mejor respuesta política a un problema no equivale necesariamente a discrepar sobre la importancia del principio bíblico que está detrás de él.
Y creo que necesitamos aprender a reconocer esa diferencia.
La ley no puede hacer lo que solo la gracia de Dios puede hacer
Uno de los argumentos que escucho con frecuencia en las conversaciones políticas entre cristianos es que, puesto que en el país viven muchos creyentes, sus leyes deberían reflejar la moral cristiana.
Algunas personas piensan que, si la Biblia considera que algo está mal, el gobierno debería prohibirlo. Otras sostienen que fomentar una sociedad guiada por valores bíblicos es una responsabilidad importante de los ciudadanos cristianos. Entiendo por qué estos argumentos son importantes. Cuando creemos de verdad que algo está mal, es natural que nos preocupe cómo responde la sociedad. Sin embargo, pienso que debemos tener cuidado de no confundir la ley civil con el propósito del evangelio.
En Romanos 3:20, Pablo explica que nadie será justificado delante de Dios por las obras de la ley. Después enseña que la justicia viene mediante la fe en Jesucristo y que somos justificados por la gracia de Dios (Romanos 3:21-24). Para mí, esto es fundamental, porque nos recuerda algo que el poder político no puede conseguir. Una ley puede regular la conducta de una persona, pero no puede hacer que esa persona ame a Dios. Piénsalo. Un gobierno puede prohibir el robo, y esa ley puede disuadir a las personas, establecer consecuencias y proteger a quienes podrían sufrir un daño. Son funciones importantes de la ley civil. Pero la existencia de esa prohibición no convierte automáticamente a todos los ciudadanos en personas honradas y generosas.
Alguien puede decidir no robar únicamente por miedo a ser arrestado y, al mismo tiempo, estar dispuesto a quedarse con lo ajeno si piensa que nadie lo descubrirá. Su comportamiento exterior puede respetar la ley, pero su corazón no necesariamente ha cambiado. Algo parecido puede ocurrir cuando confundimos la conformidad exterior con las enseñanzas cristianas con la fe cristiana auténtica. En teoría, podríamos vivir en una sociedad donde muchos comportamientos que los cristianos consideran pecaminosos estuvieran prohibidos y, aun así, las personas podrían seguir estando igual de lejos de Dios en sus corazones. Porque obedecer una ley civil y ser transformado por el Espíritu Santo no son lo mismo.
Ahora bien, quiero ser cuidadosa con esta afirmación. Pablo estaba hablando de la justificación delante de Dios, no escribiendo una teoría política completa sobre qué leyes debe aprobar un gobierno. Romanos 13:1-7 también reconoce que las autoridades tienen una función legítima en el mantenimiento del orden público y en la respuesta frente a las malas acciones. Por tanto, que la ley no pueda salvarnos no significa que las leyes civiles sean innecesarias ni que los cristianos nunca deban apoyar normas inspiradas en sus convicciones morales.
Claro que las leyes importan. Ayudan a proteger a las personas, a responder a las injusticias y a establecer responsabilidades en la sociedad. Además, casi toda política pública implica alguna comprensión de lo que es bueno, perjudicial, justo o necesario. Pero debemos recordar que hacer algo legal o ilegal no vuelve automáticamente justa a una persona, y obligar a alguien a cumplir una norma religiosa no lo convierte en seguidor de Jesús. Hay una diferencia entre aprobar leyes al servicio de una sociedad e intentar utilizar el poder del Estado para producir fe religiosa.
En 1 Corintios 5:12-13, Pablo distingue entre la responsabilidad de la Iglesia hacia sus propios miembros y su relación con quienes están fuera de la comunidad cristiana. Está hablando específicamente de la disciplina dentro de la Iglesia, por lo que no deberíamos usar ese pasaje para afirmar que los cristianos no tienen ningún papel en la vida pública. Sin embargo, sí nos recuerda que no debemos asumir sin más que nos corresponde supervisar la conducta espiritual de toda persona que no comparte nuestra fe. Y creo que esa distinción merece más atención.
Si alguien no cree en Jesús, no reconoce la Biblia como autoridad religiosa y nunca ha elegido seguir las enseñanzas cristianas, ¿por qué suponemos que obligarlo a cumplir ciertas expectativas cristianas lo convertiría de alguna manera en cristiano? A través de la legislación podemos modificar la conducta exterior de alguien, pero no podemos fabricar arrepentimiento ni fe verdadera mediante el poder político. Así no funciona la salvación.
Jesús no estableció su reino por la fuerza política
Creo que una de las cosas más importantes que podemos hacer como cristianos es estudiar cómo se relacionó Jesús con el poder. Porque, a veces, el cristianismo que intentamos establecer mediante la política se parece muy poco al reino que Él describió. En Juan 18:36, cuando habla con Poncio Pilato, Jesús explica que su reino no es de este mundo. Deja claro que su reino no tiene su origen en los sistemas políticos ni en los poderes de este mundo. Y creo que esto debería llevarnos a examinar cuánto hemos unido nuestra fe a las instituciones políticas terrenales.
Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.
Jesús vivió bajo el dominio romano, en una sociedad marcada por tensiones políticas e injusticias. Enseñó sobre la justicia, confrontó la hipocresía, cuestionó a los líderes religiosos y llamó a las personas al arrepentimiento. Sin embargo, su misión no consistió en fundar un partido político ni en conseguir el control del gobierno romano. En Juan 6:15, cuando la multitud quiso hacerlo rey por la fuerza, Jesús se retiró. Su misión no podía reducirse al tipo de autoridad política que esas personas querían otorgarle. Y me parece significativo.
Jesús no evitó las enseñanzas morales difíciles ni fingió que las decisiones de las personas fueran irrelevantes. Habló con verdad y llamó a la gente a seguirlo. Pero no construyó su comunidad obligando a las personas a convertirse en sus discípulos. De hecho, en Juan 6:66-67, cuando muchos discípulos se apartaron y dejaron de seguirlo, Jesús no los obligó a quedarse. Se volvió hacia los Doce y les preguntó si ellos también querían marcharse. Piensa en eso por un momento. Jesús permitió que las personas se alejaran de Él. Y, sin embargo, a veces actuamos como si la única manera de defender el cristianismo fuera asegurarnos de que todos los que nos rodean estén obligados a vivir de acuerdo con nuestras convicciones religiosas.
Entiendo que libertad no significa que todas las acciones deban quedar libres de consecuencias legales. Los gobiernos siguen teniendo responsabilidades para proteger a las personas y responder al daño. Pero elegir seguir a Jesús debe implicar una fe auténtica y una convicción personal. No puede ser simplemente el resultado de una imposición gubernamental. Y esto me lleva a otra pregunta incómoda. ¿Por qué a veces criticamos a otras sociedades cuando sus gobiernos imponen normas religiosas, pero recibimos con entusiasmo la idea de que nuestras propias convicciones religiosas se vuelvan obligatorias para todos? Si creemos que las personas deben ser libres de no practicar una religión en la que no creen, entonces necesitamos pensar cuidadosamente en cómo aplicamos ese principio cuando se trata de nuestra propia religión.
No estoy sugiriendo que toda ley influida por valores religiosos equivalga a imponer una religión. Existe una diferencia entre una ley que protege a las personas del daño y una ley que obliga a realizar actos religiosos. Precisamente por eso necesitamos razonar con cuidado, en vez de suponer que toda convicción bíblica debe convertirse automáticamente en una obligación legal. La libertad religiosa no puede significar únicamente libertad para quienes creen exactamente lo mismo que nosotros. Y creo que debemos estar dispuestos a preguntarnos si las políticas que defendemos respetan la libertad de conciencia de las personas y, al mismo tiempo, atienden preocupaciones legítimas sobre justicia, seguridad y dignidad humana.
Porque nuestra responsabilidad de vivir fielmente como cristianos no nos concede el poder de crear una fe auténtica en el corazón de otra persona.
¿Y el aborto y las otras cuestiones morales importantes para los cristianos?
Sé que alguien puede estar leyendo esto y preguntándose: «¿Y el aborto? ¿Y la protección de la vida humana? ¿No debería nuestra fe influir en las leyes y los gobernantes que apoyamos?». Considero que son preguntas serias y no quiero responderlas como si la vida de un niño por nacer fuera un detalle político sin importancia. Así que quiero expresar mi postura con total claridad: creo que el aborto está mal. Creo que un niño por nacer es una vida humana que merece protección, y considero que poner fin deliberadamente a esa vida es una falta moral grave. No es una convicción que deje de lado cuando las circunstancias se vuelven difíciles o cuando una discusión política resulta incómoda. No estoy insinuando que el aborto se vuelva moralmente aceptable en determinadas situaciones. Mi convicción sobre su carácter incorrecto sigue siendo la misma.
Mi postura nace de cómo entiendo lo que la Escritura enseña acerca de la dignidad de la vida humana. Génesis 1:27 nos dice que los seres humanos fuimos creados a imagen de Dios. El Salmo 139:13-16 describe el cuidado y el conocimiento íntimo que Dios tiene de la vida en el vientre materno. También pienso en Lucas 1:41-44, donde Juan, todavía en el vientre de Elisabet, reacciona cuando María llega a visitarla. Estos textos no constituyen un manual legislativo moderno, pero juntos alimentan mi convicción de que la vida antes del nacimiento tiene un profundo valor delante de Dios y también debería tenerlo para nosotros.
Y precisamente porque creo esto, también considero necesario tomar en serio las circunstancias en las que algunas mujeres enfrentan embarazos difíciles. Sentir compasión por una mujer que tiene miedo, que vive dificultades económicas, que está sola o que está siendo presionada no me obliga a afirmar que el aborto es correcto. Del mismo modo, defender la vida del niño por nacer no debería volvernos insensibles ante la situación de su madre. Podemos insistir en que ambas vidas merecen atención, ayuda concreta y dignidad. Un compromiso con la protección de la vida debería llevarnos a preocuparnos por la atención prenatal, una vivienda segura, el apoyo a las familias, la responsabilidad de los padres y el bienestar de los niños después de nacer.
Pero esta es la distinción que intento hacer en este artículo: mi oposición moral al aborto no me permite declarar que todos los cristianos deben pertenecer a un único partido político. Creer que algo está mal y evaluar qué candidato, ley o política pública puede responder a ese problema de la manera más responsable son cuestiones relacionadas, pero no idénticas. Una persona puede tomarse el aborto muy en serio y, al mismo tiempo, examinar cómo afectan a los más vulnerables las demás políticas de un partido. También podemos debatir qué protecciones legales son apropiadas sin fingir que cualquier desacuerdo sobre una estrategia política demuestra falta de fe.
Y cuando digo que no debemos imponer el cristianismo a otras personas, no estoy diciendo que las leyes nunca deban proteger la vida humana ni que los cristianos tengan que guardar silencio sobre sus convicciones en el debate público. Los gobiernos aprueban leyes para proteger a las personas, y los creyentes, igual que los demás ciudadanos, pueden defender las protecciones que consideran justas. Lo que quiero decir es que la legislación no puede convertir a nadie en cristiano. Una ley puede prohibir una acción, pero no puede producir arrepentimiento, fe ni amor por Jesús. Son cosas distintas, y confundirlas no beneficia ni al evangelio ni al debate público.
Deberíamos aplicar esa misma reflexión cuidadosa a otras responsabilidades que la Escritura pone delante de nosotros. Proverbios 31:8-9 nos llama a defender a quienes no pueden hablar por sí mismos. Miqueas 6:8 nos invita a practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Dios. Santiago 1:27 dirige nuestra atención a los huérfanos y a las viudas, mientras que Mateo 25:31-46 nos desafía a pensar en cómo respondemos a quienes tienen hambre, están enfermos, viven encarcelados o no tienen hogar. Estos pasajes no nos entregan el programa de ninguno de los partidos políticos actuales. Pero sí nos recuerdan que nuestras obligaciones como cristianos van más allá de los asuntos que reciben más atención durante una campaña electoral. También deberíamos preocuparnos por la pobreza, el trato a los inmigrantes y refugiados, el acceso a los cuidados necesarios, la seguridad de los niños, la honestidad de quienes ejercen cargos públicos, la violencia y la dignidad de nuestros vecinos. No necesito debilitar mi convicción sobre el aborto para reconocer esas otras responsabilidades, ni tengo que ignorarlas para mantenerme firme en mi postura sobre el aborto.
Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.
Por eso creo que los cristianos debemos reflexionar con seriedad, en lugar de permitir que un partido decida por nosotros que un solo asunto resuelve todas las preguntas sobre la fidelidad a Dios. Nuestras convicciones bíblicas merecen tomarse en serio, y también las consecuencias de nuestras decisiones en la vida pública.
Ningún partido político representa todo el evangelio
Hay algo que me gustaría que más cristianos se sintieran cómodos reconociendo: los partidos políticos son instituciones humanas y, como toda institución humana, son imperfectos. El Partido Republicano no es el reino de Dios, y el Partido Demócrata tampoco. Ambos tienen programas, políticas, prioridades y estrategias que merecen ser examinados. En ambos encontramos personas con motivaciones y convicciones distintas. Y ninguno debería ser tratado como si todas sus posiciones fueran automáticamente idénticas a las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, a veces nos identificamos tanto con un partido que empezamos a defender casi todo lo que se relaciona con él. Criticamos rápidamente las malas acciones cuando vienen del lado contrario, pero cuando alguien de nuestro partido favorito hace algo parecido, de pronto comenzamos a buscar explicaciones y excusas.
Nos preocupa más proteger nuestra identidad política que examinar si nuestras reacciones son coherentes con los valores que decimos defender. Y creo que es algo que los cristianos, independientemente de su orientación política, debemos estar dispuestos a examinar. Porque si condeno la deshonestidad cuando viene de alguien con quien no estoy de acuerdo, pero la justifico cuando viene de un político cuyas propuestas apoyo, ¿estoy defendiendo realmente la verdad bíblica con coherencia? Si creo que la crueldad está mal, ¿debería desaparecer esa convicción cuando quien se comporta con crueldad pertenece a mi partido?
Y si creo que todos los seres humanos fueron creados a imagen de Dios, ¿debería disminuir esa dignidad cuando se trata de alguien cuyo estilo de vida, religión o postura política es diferente de la mía? Santiago 2:1-9 advierte a los cristianos contra el favoritismo. Aunque el pasaje se refiere concretamente al trato desigual entre personas ricas y pobres, también nos invita a examinar cómo permitimos que el prestigio y nuestras preferencias influyan en la manera de tratar a los demás. Y creo que la lealtad política puede producir tentaciones parecidas. Podemos proteger tanto a las personas y las ideas asociadas a nuestra identidad política que dejamos de aplicar los mismos criterios a todos.
Pero seguir a Jesús debería hacernos capaces de reconocer y señalar una mala conducta incluso cuando viene de personas a las que apoyamos. Deberíamos poder estar de acuerdo con un político sobre una cuestión sin sentirnos obligados a defender todo lo que dice o hace. También deberíamos poder criticar una propuesta sin concluir automáticamente que todos sus partidarios son malas personas o incapaces de amar a Dios. Y, quizá lo más importante, deberíamos ser capaces de reconocer que un cristiano que vota de manera distinta puede estar actuando desde convicciones profundas y sinceras. Eso no significa que debamos aceptar sus conclusiones. Significa que debemos tener cuidado antes de suponer que conocemos toda su relación con Dios por lo que marcó en una papeleta electoral.
Romanos 14 nos ofrece un principio importante sobre las cuestiones de conciencia. Pablo estaba hablando de desacuerdos sobre alimentos y días especiales, no de elecciones modernas, así que no deberíamos usar ese capítulo para afirmar que todas las opciones políticas son moralmente equivalentes. Sin embargo, sus advertencias contra el desprecio y su énfasis en que cada persona responde ante Dios nos recuerdan la importancia de afrontar las diferencias con humildad. Y creo que necesitamos desesperadamente más humildad en las conversaciones políticas entre cristianos. Nuestra fe debería orientar nuestras convicciones políticas, pero nuestra fe nunca debería quedar completamente sometida a esas convicciones políticas.
¿Qué debería guiar a un cristiano a la hora de votar?
Si la Biblia no nos ordena votar republicano o demócrata, ¿cómo deberíamos acercarnos a una elección? Creo que deberíamos comenzar por la oración, el estudio de las Escrituras, la sabiduría y un examen honesto de los asuntos que están en juego. Deberíamos dedicar tiempo a comprender lo que los candidatos y los partidos proponen realmente, en lugar de depender únicamente de eslóganes, discusiones en las redes sociales o de lo que alguien nos dice en la iglesia. Deberíamos evaluar las políticas con cuidado, considerar cómo pueden afectar a otras personas y estar dispuestos a hacer preguntas difíciles incluso cuando las respuestas cuestionen nuestras preferencias.
Y creo que debemos tener especial cuidado de no permitir que el miedo se convierta en la base de nuestras decisiones políticas. A veces se les dice a los cristianos que, si gana determinado partido, el cristianismo será destruido, que el país quedará fuera del alcance de Dios o que votar de otra manera los hará responsables de todo lo malo que suceda después. Pero creo que necesitamos recordar que la soberanía de Dios no depende del resultado de unas elecciones. El Salmo 146:3 nos advierte que no pongamos nuestra confianza definitiva en los príncipes ni en los dirigentes humanos. Esto no significa que el liderazgo político no importe. Significa que ningún gobernante merece la clase de confianza que solo le pertenece a Dios.
No confiéis en los príncipes, Ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación.
Y quizá necesitamos recordar eso antes de dejar que la política nos robe la paz. Podemos tomarnos las elecciones muy en serio sin tratarlas como si toda nuestra relación con Dios dependiera de quién gane. Podemos participar responsablemente en la vida cívica sin convertir la política en el centro de nuestra identidad cristiana. Y podemos mantenernos fieles a nuestras convicciones sin pensar que toda persona que llega a una conclusión distinta está espiritualmente comprometida. Gálatas 5:22-23 describe el fruto del Espíritu mediante cualidades como el amor, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio.
Quiero que pensemos en eso por un momento. Cuando hablamos de política, ¿se reflejan esas cualidades en nosotros? ¿Somos capaces de discrepar sin insultarnos? ¿Podemos cuestionar un argumento sin atacar la identidad de otra persona? ¿Podemos escuchar a alguien cuyas opiniones políticas son distintas sin decidir de inmediato que tiene que ser ignorante, inmoral o espiritualmente inferior? ¿Podemos hablar con honestidad sin difundir información que no hemos comprobado? ¿Podemos conservar la humildad suficiente para admitir cuando no comprendemos del todo un asunto? Creo que estas preguntas importan porque nuestras decisiones electorales no son lo único que revela algo sobre nuestro carácter. También importa la manera en que tratamos a quienes votan de forma diferente.
Y sería verdaderamente triste que, intentando defender políticamente los valores cristianos, termináramos sintiéndonos cada vez más cómodos mostrando actitudes que contradicen esos mismos valores.
Reflexión final: tu partido político no es tu salvador
Quiero terminar regresando a la pregunta con la que comenzó toda esta conversación. ¿Tienen los cristianos que votar republicano? ¿Puede un cristiano votar demócrata y seguir siendo un verdadero seguidor de Jesús? La Biblia no establece la lealtad a ninguno de los dos partidos políticos estadounidenses como requisito para ser cristiano. Puedes tener convicciones cristianas sinceras y llegar a conclusiones políticas diferentes de las de otro creyente. Esas conclusiones siguen mereciendo una evaluación cuidadosa, y nuestro voto puede tener consecuencias importantes para muchas personas. Pero la afiliación política, por sí sola, no nos dice todo sobre la fe, el carácter o la relación con Dios de alguien.
Y ningún cristiano debería atribuirse la autoridad de declarar perdida la salvación de otra persona simplemente porque votó de otra manera. No estoy sugiriendo que los cristianos deban renunciar a sus convicciones morales ni fingir que la política no importa. Creo que deberíamos preocuparnos profundamente por la justicia, la protección de la vida humana, la libertad religiosa, la honestidad y el bienestar de nuestros vecinos. Pero también creo que debemos reconocer los límites del poder político. Podemos aprobar leyes, establecer políticas públicas y participar en elecciones. Todo eso puede influir en la sociedad en la que vivimos, a veces de manera importante y duradera. Pero ninguna de esas cosas puede hacer lo que Jesús vino a hacer por medio del evangelio.
Un gobierno no puede producir salvación. Un partido político no puede reconciliar a la humanidad con Dios. Y un presidente no puede ocupar el lugar del Salvador. Quizá esa sea precisamente la distinción que necesitamos recuperar. Nuestra responsabilidad como cristianos no consiste únicamente en apoyar políticas que consideramos correctas. También consiste en vivir según las enseñanzas de Jesús en la manera en que tratamos a las personas, hablamos de quienes discrepan de nosotros, respondemos ante la injusticia y utilizamos la influencia que se nos ha confiado.
Estamos llamados a amar a nuestro prójimo, incluso cuando vota de manera diferente. Estamos llamados a hablar con verdad, buscar sabiduría, preocuparnos por los vulnerables y negarnos a considerar aceptable el odio simplemente porque va dirigido a personas del otro lado político. Y, por encima de todo, deberíamos recordar que nuestra identidad en Cristo es mucho más grande que las etiquetas políticas que llevamos. A veces pienso que estamos tan ocupados intentando demostrar que nuestro lado político es el que Dios apoya que olvidamos preguntarnos si nuestra propia conducta refleja el carácter de Jesús.
Quizá deberíamos dedicar menos tiempo a declarar que todos los cristianos deben votar como nosotros y más tiempo a ayudarnos mutuamente a examinar los asuntos políticos con sabiduría bíblica, humildad y una preocupación sincera por los demás. Quizá deberíamos dejar de tratar cada desacuerdo como prueba de que alguien no conoce a Dios y empezar a reconocer que cristianos serios pueden luchar con los mismos asuntos morales y llegar a juicios diferentes sobre la mejor respuesta política. Y quizá deberíamos recordar que el evangelio nunca estuvo destinado a convertirse en propiedad de un partido político. Quiero dejarte con un recordatorio sencillo: Jesús no murió en la cruz para convertirnos en republicanos ni en demócratas. Dio su vida para reconciliarnos con Dios.
Ese es el centro de nuestra fe, y ninguna institución política debería ocupar su lugar. Así que, ya votes republicano, demócrata, apoyes a otro partido o estés considerando la decisión de no votar, examina tu conciencia cuidadosamente. Busca la verdad. Piensa en las consecuencias de tus decisiones. Mantente dispuesto a aprender y no permitas que tu identidad política llegue a ser más importante que tu relación con Cristo. Porque, al final, cuando estemos delante de Dios, nuestra esperanza de salvación no descansará sobre el partido político que apoyamos. Descansará sobre Jesucristo.
Y la Iglesia nunca debería confundir la lealtad a un partido político con la fidelidad a Él.
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