No creo que el cristianismo sea misógino. Sí creo que los cristianos pueden serlo, y una respuesta honesta debe tomar en serio esa distinción sin usarla para justificar el daño que sufren las mujeres.
Para una mujer que ha escuchado cómo se utiliza la Escritura para menospreciarla, silenciarla o justificar que otra persona controle su vida, esta pregunta es profundamente personal. Una respuesta cristiana reflexiva debe dar cabida a ese dolor. Defender la fe nunca debería exigir que se desestime a quienes han sido heridos en su nombre.
El diccionario inglés Merriam-Webster define la misoginia como «odio, aversión o prejuicio hacia las mujeres», según puede traducirse su definición al español. Esto importa porque la misoginia no siempre se presenta abiertamente como odio. También puede manifestarse en la idea de que las mujeres son menos capaces, menos dignas de confianza o menos merecedoras de ser escuchadas por el simple hecho de ser mujeres.
Para examinar si el cristianismo respalda ese prejuicio, debemos mirar con atención al Dios que se revela en la Escritura, la vida y las enseñanzas de Jesús, y los pasajes que se han usado contra las mujeres. También debemos preguntarnos si nuestras iglesias reflejan lo que decimos creer.
Las mujeres son portadoras de la imagen de Dios
La Biblia comienza reconociendo a las mujeres una dignidad que ninguna autoridad humana tiene derecho a arrebatarles. Génesis 1:27 declara que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen. La bendición y la responsabilidad que vienen después se dirigen a ambos (Génesis 1:26-28).
El valor de una mujer, por tanto, tiene su origen en Dios. No depende de su relación con un hombre, de su estado civil, de su capacidad para tener hijos ni de lo útil que resulte para quienes la rodean. El matrimonio y la maternidad pueden ser vocaciones valiosas, pero ninguno de los dos es el fundamento de su condición humana. Ella ya lleva la imagen de su Creador.
Esto también importa cuando encontramos la palabra «ayuda» en Génesis 2:18. Algunas personas la interpretan como si se refiriera a una asistente inferior cuya vida existe únicamente para apoyar las ambiciones de otro. Sin embargo, la palabra hebrea, ezer, también se emplea para hablar de Dios como ayuda de su pueblo, por ejemplo, en Salmo 121:2 y Salmo 33:20. La palabra, por sí sola, no permite concluir que quien presta ayuda tenga menos valor o capacidad que quien la recibe.
Esta observación no resuelve todos los debates sobre el matrimonio o los roles de hombres y mujeres. Sí deja al descubierto, en cambio, la debilidad de un argumento que convierte «ayuda» en sinónimo de «inferior». Recibir ayuda no demuestra superioridad, y ofrecerla no supone reconocer una inferioridad.
La compasión de Dios también se describe mediante imágenes tanto paternas como maternas. Salmo 103:13 compara su compasión con el cuidado de un padre por sus hijos. Isaías 49:15 evoca el amor de una madre por el niño al que amamanta, e Isaías 66:13 compara el consuelo de Dios con el de una madre.
Estos pasajes no responden a todas las preguntas sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Sí hacen difícil conciliar el desprecio hacia las mujeres con la manera en que Dios habla de su propio cuidado. La maternidad se convierte en una imagen que ayuda a su pueblo a comprender su ternura.
Jesús acogió a las mujeres como discípulas
La manera en que Jesús trató a las mujeres nos permite abordar esta cuestión con ejemplos concretos. Las escuchó, les enseñó, respondió a su sufrimiento y les confió su mensaje.
En Juan 4, Jesús mantuvo con la mujer samaritana una conversación profunda sobre la adoración, la verdad y el Mesías. Se dirigió a ella como a alguien capaz de comprender asuntos espirituales. Después, su testimonio contribuyó a que otros habitantes de su pueblo acudieran a él (Juan 4:7-30, 39-42).
En Lucas 10:38-42, María se sentó a los pies de Jesús para escuchar sus enseñanzas. Cuando Marta le pidió a Jesús que enviara a María a ayudarla con los preparativos, él respaldó la decisión de María de quedarse a escuchar. El pasaje reconoce el lugar de una mujer como alumna y discípula. Su formación espiritual importaba.
Esto debería cuestionar a cualquier iglesia que acepta con gusto el trabajo de las mujeres, pero descuida su formación. Las mujeres necesitan oportunidades para estudiar la Escritura en profundidad, plantear preguntas difíciles, desarrollar sus dones y ampliar su comprensión de la teología.
Lucas también menciona a mujeres que acompañaban a Jesús y sostenían su ministerio con sus propios recursos, entre ellas María Magdalena, Juana y Susana (Lucas 8:1-3). Ellas formaban parte de su entorno y participaban en su obra.
Después de la resurrección, Jesús se apareció a María Magdalena y la envió a sus discípulos con un mensaje. Ella fue y anunció que había visto al Señor (Juan 20:11-18). Sean cuales sean las conclusiones a las que lleguen los cristianos sobre determinados cargos en la iglesia, este encuentro debería hacernos muy cautelosos ante la idea de que el testimonio de una mujer merece, por su propia naturaleza, menos atención.
Los Evangelios incluyen a las mujeres entre quienes aprenden de Jesús, lo siguen y dan testimonio de él. Toda comprensión cristiana de las mujeres debe tomar esto en serio.
Las mujeres participaron en la obra de Dios a lo largo de la Escritura
La presencia de las mujeres en la obra de Dios recorre toda la historia bíblica. Débora ejerció como profetisa y jueza en Israel (Jueces 4:4-5). Ester arriesgó su vida al presentarse ante el rey en favor de su pueblo (Ester 4:10-16). La fidelidad de Rut se honra en un relato que la sitúa en el linaje de David y, más adelante, en el de Jesús (Rut 4:13-22; Mateo 1:5).
En el Nuevo Testamento, Priscila y Aquila explicaron con mayor precisión el camino de Dios a Apolos (Hechos 18:26). Pablo recomendó a Febe a los creyentes de Roma y les pidió que la recibieran y la ayudaran. La traducción inglesa New International Version, conocida como NIV, la llama diaconisa y benefactora, e incluye «servidora» como traducción alternativa a «diaconisa» (Romanos 16:1-2). Sea cual sea nuestra conclusión sobre la naturaleza exacta de su función, la recomendación de Pablo reconoce el valor de su servicio.
En Pentecostés, Pedro citó la promesa de que el Espíritu de Dios sería derramado sobre hijos e hijas, y de que tanto hombres como mujeres profetizarían (Hechos 2:17-18). Pablo también se refirió a mujeres que oraban y profetizaban en 1 Corintios 11:5. Estos pasajes deben formar parte de cualquier reflexión seria sobre la voz y el ministerio de las mujeres.
Gálatas 3:26-29 sitúa a mujeres y hombres juntos entre los hijos de Dios y los herederos de su promesa mediante la fe en Cristo. Los cristianos debaten las implicaciones de este pasaje para determinadas funciones, pero el texto no respalda la idea de que las mujeres ocupen un lugar inferior en la familia de Dios.
También debemos tener cuidado con el uso que hacemos de estos ejemplos. Las mujeres no se ganan su dignidad convirtiéndose en una Débora o una Ester. Una mujer común, cuyo nombre jamás aparece en un libro de historia, lleva la imagen de Dios con la misma plenitud. Los logros de mujeres extraordinarias nos ayudan a reconocer sus aportaciones; no son lo que da valor a todas las demás.
La sumisión no puede justificar la dominación
Uno de los pasajes que más se cita en esta conversación es Efesios 5:22: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor».
Una lectura responsable debe incluir los versículos que lo rodean. Efesios 5:21 llama a los creyentes a someterse unos a otros por reverencia a Cristo. El versículo 25 manda a los maridos amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella. El pasaje continúa exhortando a los maridos a cuidar de sus esposas como cuidan de su propio cuerpo (Efesios 5:28-29).
Los cristianos discrepan sobre cómo se relaciona la sumisión mutua con la afirmación de que el marido es cabeza de la mujer. Mi lectura pone el énfasis en el llamado a un amor recíproco que se entrega por el otro. Incluso quienes entienden que el marido tiene una responsabilidad particular de liderazgo deben tomar en serio el cuidado y la entrega que se le exigen.
Un marido no puede afirmar que sigue fielmente el ejemplo de Cristo mientras utiliza el miedo, la humillación o la violencia para imponer su voluntad. El matrimonio tampoco convierte a su esposa en una posesión suya. Colosenses 3:19 advierte expresamente a los maridos contra la dureza, y 1 Pedro 3:7 les manda honrar a sus esposas como coherederas del don de la vida que Dios concede por su gracia.
El lenguaje de la sumisión nunca debe convertirse en una forma de justificar el maltrato ni de responsabilizar a una mujer de soportarlo en silencio. Nunca debe exigirse el perdón como sustituto de la rendición de cuentas. Una mujer no deshonra a Dios cuando habla del daño que ha sufrido, busca apoyo o toma medidas para ponerse a salvo.
Si la interpretación bíblica de un hombre protege sistemáticamente su autoridad mientras lo exime de responder por cómo trata a los demás, esa interpretación merece un examen riguroso.
Los pasajes difíciles requieren una lectura honesta
La cuestión de la enseñanza y el liderazgo de las mujeres también exige más cuidado del que a veces le dedican quienes defienden una u otra postura.
La instrucción de 1 Timoteo 2:12 restringe que una mujer enseñe y ejerza autoridad sobre un hombre. Los versículos que siguen apelan a Adán y Eva (1 Timoteo 2:13-14). Estos detalles merecen atención. No podemos afirmar que tomamos la Escritura en serio mientras actuamos como si este pasaje no existiera o pudiera descartarse con una explicación sencilla.
Algunos cristianos lo entienden como una restricción permanente de ciertas funciones de gobierno y enseñanza en la iglesia. Otros interpretan esas restricciones a la luz de las circunstancias originales de la carta y las leen junto con el testimonio bíblico más amplio sobre el ministerio de las mujeres. Estas maneras de leer el texto pueden producir desacuerdos importantes incluso entre cristianos que afirman la misma dignidad de hombres y mujeres.
Creo que la Escritura respalda que las mujeres enseñen, lideren y proclamen el evangelio, y que las iglesias deben reconocer y desarrollar esos dones. La enseñanza de Priscila a Apolos, la promesa de que las hijas profetizarían y el reconocimiento de Pablo al ministerio de las mujeres deben formar parte de la conversación. Toda conclusión extraída de un pasaje debe considerarse a la luz de esos otros textos.
Al mismo tiempo, profetizar, evangelizar, enseñar y ocupar un cargo específico en la iglesia no son actividades idénticas. Un argumento cuidadoso debe explicar estas diferencias, en lugar de dar por hecho que un solo ejemplo resuelve automáticamente todas las preguntas.
También es injusto suponer que todo cristiano que limita el acceso a un cargo determinado odia personalmente a las mujeres. Sin embargo, la misoginia incluye tanto el prejuicio como el odio, de modo que la ausencia de hostilidad no cierra la discusión. Afirmar que se tienen buenas intenciones no debe dejar una enseñanza fuera de todo examen. Podemos preguntarnos si su interpretación es sólida, si se aplica de manera coherente y qué consecuencias tiene para la vida de las mujeres.
Cuando una iglesia recibe con agrado el trabajo no remunerado de las mujeres, pero desestima sus ideas, considera sus preguntas una rebeldía o da por sentado que los hombres son más sabios, la preocupación va más allá de un debate sobre la ordenación. La comunidad necesita examinar los prejuicios que están moldeando sus costumbres.
La Biblia también contiene relatos de violencia contra las mujeres, así como leyes y formas de organización social que resultan inquietantes para muchos lectores. Enumerar mujeres admirables no basta, por sí solo, para responder a todas las objeciones. Necesitamos distinguir entre lo que un pasaje describe y lo que ordena, examinar el contexto y el propósito de un mandato, y reconocer con honestidad las dificultades de interpretación. El contexto histórico nos ayuda a leer con cuidado; nunca debería convertirse en una excusa para dejar de escuchar la pregunta.
Eva no justifica los prejuicios contra las mujeres
Otro uso indebido de la Escritura aparece cuando el pecado de Eva se convierte en un motivo para desconfiar de las mujeres como grupo.
Génesis 3:6 cuenta que Eva comió del fruto y dio también a su marido, que estaba con ella, y que él también comió. Romanos 5:12-19 desarrolla su explicación del pecado y la redención mediante el contraste entre Adán y Cristo. La Escritura no nos da motivos para tratar a los hombres como espectadores inocentes de la caída de la humanidad.
La intención no es trasladar la culpa colectiva de las mujeres a los hombres. Ambos necesitan la gracia. Convertir el fracaso de Eva en una afirmación de que las mujeres son por naturaleza más insensatas, engañosas o peligrosas en lo espiritual va más allá de lo que establece el relato.
Génesis 3:16 también describe el dominio del marido sobre la mujer como parte de las consecuencias de la caída. Entiendo esa dominación como parte del quebranto de la humanidad, no como un modelo que los cristianos deban intentar reproducir. Esta lectura concuerda con el énfasis en la dignidad que hombres y mujeres comparten desde la creación y en el amor que se entrega por el otro dentro del matrimonio.
Debemos ser especialmente cautelosos cuando una interpretación convierte el daño causado por el pecado en un permiso para perpetuarlo.
La iglesia debe asumir su responsabilidad
Distinguir entre el carácter de Dios y la conducta humana es necesario, pero no puede convertirse en una manera de que las iglesias eludan su responsabilidad.
La misoginia puede manifestarse en la conducta individual. También puede reforzarse mediante las enseñanzas, las prácticas de liderazgo y las costumbres de una comunidad. Cuando se desestiman habitualmente las preocupaciones de las mujeres, se protege a hombres poderosos de todo escrutinio o se da prioridad a preservar la reputación de una iglesia por encima de atender el daño causado, el problema involucra a la propia comunidad.
Los cristianos no podemos responder a toda crítica diciendo que los responsables no representaron fielmente la fe. Aun cuando ese juicio sea cierto, deja pendiente una pregunta urgente: ¿qué hará la iglesia ante el daño causado?
Una iglesia que afirma la dignidad de las mujeres debe demostrar esa convicción en sus decisiones. Debe tomar en serio sus preocupaciones, investigar con imparcialidad las denuncias de maltrato y exigir cuentas a sus líderes. Debe invertir en el crecimiento espiritual de las mujeres y reconocer sus aportaciones. Su enseñanza debe ayudar a los hombres a examinar sus prejuicios y su sentido de superioridad o de privilegio, incluidas las actitudes que hayan aprendido a considerar normales.
Esta responsabilidad pertenece a toda la comunidad. Las mujeres también pueden repetir creencias que rebajan a otras mujeres, del mismo modo que los hombres pueden cuestionar esas creencias y trabajar por un cambio. La cuestión es si estamos dispuestos a reconocer el prejuicio dondequiera que aparezca.
Tampoco debe decirse a una mujer que proteger la reputación de la iglesia exige su silencio. La honestidad y la rendición de cuentas forman parte de la fidelidad a Dios. El arrepentimiento debe incluir cambios de conducta y la corrección de las prácticas que permitieron que el daño continuara.
Una iglesia que enseña que las mujeres valen menos por naturaleza contradice la dignidad que les reconoce la Escritura. Una iglesia que justifica la crueldad no está viviendo el amor que proclama. Esas faltas deben señalarse con claridad.
Volver a lo que Dios revela de sí mismo
Mi respuesta sigue siendo que la misoginia es incompatible con el Dios que se revela en la Escritura y con la vida a la que Jesús llama a sus seguidores. Las mujeres llevan la imagen de Dios. Pertenecen plenamente a su pueblo. Su sufrimiento, su formación, su trabajo y su testimonio merecen ser tomados en serio.
Esta convicción no hace desaparecer los pasajes difíciles ni absuelve a las instituciones cristianas de sus faltas. Nos da una razón para examinar nuestras interpretaciones y prácticas con mayor honestidad. Si creemos que Dios honra a las mujeres, debería importarnos profundamente cómo se las trata dentro de nuestras iglesias.
Si has sufrido daño, volver a Cristo no te exige regresar a una congregación donde no estás a salvo ni fingir que lo ocurrido fue aceptable. La fe puede dar cabida a las preguntas sinceras, a los límites personales y a la búsqueda de una comunidad que tome en serio tu dignidad.
Para la iglesia, la responsabilidad es clara. Debemos enfrentar los prejuicios presentes en nuestra propia conducta, escuchar a las mujeres cuando hablan del daño que han sufrido y hacer los cambios que exige el arrepentimiento.
La defensa del cristianismo será mucho más creíble cuando las mujeres de nuestras iglesias puedan reconocer, en el trato que reciben, el valor que decimos que tienen.
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