Después de hacer algo que lamentas, orar puede resultar extrañamente difícil. Sabes que necesitas a Dios, pero sigues aplazando la conversación. Recuerdas lo que prometiste la última vez. Imaginas su decepción y decides pasar unos días comportándote mejor antes de acercarte de nuevo. Quizá entonces tengas algo más aceptable que decir.

Esa demora puede parecer una manera de tomar en serio el pecado. Sin embargo, también puede servir para evitar la responsabilidad que exige el arrepentimiento. La decisión sigue sin examinarse. La persona herida quizá todavía espere una disculpa. Tú intentas sentir menos vergüenza mientras permaneces lejos de Aquel cuya misericordia hace posible un regreso sincero.

Puedes volver a Dios con la verdad de lo ocurrido. No necesitas minimizarlo, justificarlo ni presentarte como alguien sin remedio. El arrepentimiento cristiano nos permite afrontar nuestras faltas sin concluir que esas faltas son todo lo que podremos ser.

Comprende qué te está manteniendo lejos

Imagina que descubres que has estropeado algo que te prestaron. En vez de decírselo a su dueño, lo guardas en un armario y te prometes arreglarlo primero. Cada vez que ves el armario recuerdas la obligación escondida. Tal vez todavía debas repararlo, pero retrasar la verdad se ha convertido en una carga adicional. Intentas resolver el problema antes de admitir que existe.

La vergüenza puede llevar esa misma expectativa a nuestra relación con Dios. Suponemos que debemos confesar solo después de habernos arreglado a nosotros mismos. Incluso podemos interpretar la incomodidad de acercarnos como prueba de que no somos bienvenidos. Pero una emoción no puede decirnos todo sobre la respuesta de Dios. Necesitamos escuchar lo que la Escritura enseña sobre la confesión, la misericordia y la obra de Cristo.

En Salmos 32:3-5, David describe el peso de ocultar su pecado y el alivio de reconocerlo delante de Dios. El pasaje no enseña que toda angustia provenga de una falta escondida. Sí muestra lo agotador que puede resultar el secreto cuando hay algo real que debemos confesar. La invitación es dejar de proteger el encubrimiento.

Confiesa de manera concreta y sincera

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.

Los versículos que rodean esta promesa cuestionan la afirmación de que no tenemos pecado. La confesión saca a la luz nuestra conducta real. Es reconocer sinceramente lo que hemos hecho confiando en la fidelidad de Dios. No exige una explicación elaborada que haga parecer razonable nuestro comportamiento.

Si mentiste, nombra la mentira. Si traicionaste una confidencia, reconoce la traición. Fíjate en la excusa que utilizaste y en la persona afectada. «He sido una persona terrible» puede sonar más dramático, pero «Repetí algo privado porque quería impresionar a quienes me escuchaban» explica mucho mejor qué necesita cambiar. Podrías orar: «Dios, esto es lo que hice. Esto es lo que estaba intentando proteger. He estado justificándolo y quiero dejar de hacerlo. Ayúdame a afrontar la responsabilidad que me corresponde». Tus palabras pueden ser sencillas. Insultarte no las vuelve más sinceras.

Recuerda por qué puedes regresar

El capítulo siguiente no les dice a los creyentes que luchan que fabriquen su propia defensa. En 1 Juan 2:1-2, Juan los anima a no pecar y después dirige a quienes sí pecan hacia Jesucristo, su abogado justo y el sacrificio de expiación por sus pecados. La gravedad del pecado y la suficiencia de Cristo deben estar presentes en la misma conversación.

Del mismo modo, Hebreos 4:14-16 fundamenta nuestro acercamiento a Dios en Jesús, nuestro Sumo Sacerdote compasivo. Nos acercamos porque necesitamos misericordia y ayuda. No se nos exige reunir primero una temporada de comportamiento ejemplar para poder pedirlas. La confianza en Cristo nos permite reconocer la necesidad que, de otro modo, esconderíamos.

También importa la historia del hijo que regresa en Lucas 15:11-24. El hijo reconoce su falta y el padre lo recibe con compasión. Jesús cuenta la historia cuando algunas personas critican su acogida de los pecadores. Esa misericordia debería cambiar nuestra manera de imaginar el regreso a Dios. No vuelve inofensivas las decisiones destructivas del hijo.

El plan que el hijo ha ensayado no puede comprar el abrazo del padre. De igual manera, tu oración no necesita convertirse en una negociación sobre cuánto tiempo debes castigarte antes de que Dios pueda mostrarte misericordia.

Permite que la misericordia te lleve a reparar

Imagina que derramas un frasco de tinta sobre el escritorio de alguien. Mirar la mancha y repetir que eres una persona descuidada no protegerá los papeles que aún están cerca. Necesitas detener el derrame, reconocer el daño y preguntar qué puede repararse. La comparación trata de cómo responder al daño; no pretende reducir toda falta a un pequeño accidente. Algunas consecuencias son graves y no pueden deshacerse.

El arrepentimiento dirige nuestra atención hacia esas responsabilidades. Si heriste a alguien, puede ser necesario pedir perdón. Una disculpa sincera identifica lo que hiciste y reconoce su efecto sin pedirle a la persona afectada que te consuele. «Lamento que te hayas sentido herido» evita nombrar la acción. «Compartí información privada tuya y traicioné tu confianza» la asume.

La otra persona puede necesitar tiempo o no querer contacto. Tu deseo de disculparte no anula sus límites. Puedes buscar consejo sensato sobre cómo reparar adecuadamente sin forzar una conversación. El perdón de Dios no recupera de manera automática la confianza de otra persona, ni elimina las consecuencias, ni te da derecho a volver a ocupar un puesto anterior.

Lucas 19:8-10 muestra a Zaqueo relacionando su respuesta a Jesús con una restitución concreta. No debemos convertir cada detalle de su decisión en una fórmula para toda situación. Sí podemos reconocer su dirección: la gracia alcanza la manera en que una persona responde al daño relacionado con su propia conducta. Pregúntate qué significarían la sinceridad, la devolución de algo, la corrección de una falsedad o un cambio de comportamiento en tus circunstancias.

Abre espacio para una manera distinta de vivir

El que encubre sus pecados, no prosperará: mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia.

Confesar y apartarse de la falta van juntos. Si una misma situación privada te conduce una y otra vez a la misma decisión, inclúyela en la conversación. Si mientes porque no soportas decepcionar a los demás, otra promesa de sinceridad debe ir acompañada del aprendizaje de afrontar una respuesta difícil.

Elige un cambio práctico que puedas realizar. Quizá debas corregir una impresión falsa que has dejado crecer, retirar una oportunidad que usas mal repetidamente o hablar con alguien capaz de ayudarte a examinar el patrón. Decide cuándo vas a actuar. Un plan que empieza solo cuando te sientas más fuerte deja sin resolver el momento más difícil.

Tito 2:11-14 presenta la gracia de Dios como una enseñanza para abandonar la impiedad y vivir de otra manera. La misericordia hace más que calmar lo ocurrido después de una falta. Nos da motivos para seguir aprendiendo a obedecer. Puedes recibir el perdón y continuar necesitando enseñanza, práctica, apoyo y humildad para cambiar un plan poco realista.

Elige una ayuda que permita hablar con sinceridad

Una persona confiable puede ayudarte a reconocer excusas, recordar tus compromisos y responder cuando te desanimas. Gálatas 6:1-2 habla de restaurar con mansedumbre y de llevar las cargas unos de otros. Esa actitud importa. Quien ofrece cuidado espiritual debería decir la verdad sin humillarte ni utilizar tu vulnerabilidad para adquirir poder sobre ti.

No necesitas contar detalles íntimos públicamente, aceptar un trato degradante ni darle a un líder control sobre tu vida privada para demostrar arrepentimiento. Si compartir lo ocurrido provoca amenazas, explotación o presión para guardar en secreto una conducta dañina, busca apoyo fuera de la influencia de esa persona. La rendición de cuentas debería ayudarte a asumir la responsabilidad de tus decisiones.

También es importante reconocer lo que no te corresponde confesar. Si alguien te coaccionó, agredió o abusó de ti, su falta no es tu pecado. La vergüenza puede adherirse a un daño que nunca elegiste. En esa situación mereces cuidado y seguridad. Exigirte que te arrepientas del abuso cometido por otra persona atribuye la responsabilidad a quien no corresponde.

Sigue acercándote sin exigir una emoción determinada

Después de confesar, el pesar puede continuar. Quizá recuerdes lo ocurrido cuando veas a la persona afectada o tengas que afrontar las consecuencias. Eso no significa que debas repetir la misma confesión hasta producir la emoción adecuada. Permite que la verdad reconocida oriente lo que hagas después.

Hay una diferencia entre ser nuevamente sincero sobre una conducta que continúa y reabrir una y otra vez un hecho ya reconocido porque nunca consigues sentir suficiente certeza. Cuando el miedo te hace dar vueltas, una persona sensata y confiable puede ayudarte a distinguir qué responsabilidad sigue pendiente y qué se ha convertido en una exigencia de seguridad imposible.

Puedes recibir las cosas buenas de la vida mientras aprendes a vivir de otra manera. Comer, descansar, disfrutar de la compañía de un amigo y orar por algo distinto de tu falta no significan que hayas olvidado la gravedad del pecado. Una vida orientada hacia Dios incluye más que vigilar tu peor momento.

Comienza hoy con una frase verdadera. Después identifica la siguiente responsabilidad que esa frase revela. Vuelve al pasaje cuando la vergüenza te diga que desaparezcas, y vuelve al trabajo concreto cuando el alivio te tiente a olvidarlo. No tienes que convertirte en alguien que ya no necesita misericordia antes de acudir a Dios.

Acudes porque la necesitas, confiando en que Cristo te recibe ahí.

Una oración para regresar con sinceridad

Padre, quiero dejar de esconderme. Ayúdame a reconocer lo que hice sin excusas y a recibir Tu misericordia sin intentar ganármela castigándome. Dame valor para reparar lo que pueda, humildad para aceptar las consecuencias y sabiduría para buscar ayuda confiable. Recuérdame que Jesús es la razón por la que puedo acercarme a Ti. Enséñame a vivir de otra manera en las decisiones que vienen. Amén.

¿Te ayudó este artículo? Compártelo con alguien que lo necesite.

Sigamos conversando.
Envíanos un mensaje o comparte una petición de oración.