Te propones orar, pero termina otro día y no lo haces. Cuando por fin te sientas, no encuentras las palabras. Recuerdas una época en la que hablar con Dios te resultaba natural. Ahora, hasta unos minutos de silencio te incomodan, y cuanto más lo pospones, más difícil parece empezar.
Puedes comenzar precisamente ahí, en esa incomodidad. No tienes que demostrar una espiritualidad mayor antes de hablar con Dios. Puedes decirle que has estado evitando la oración, que estás decepcionado o que ya no sabes qué decir. Un comienzo sincero te permite construir sobre algo real.
Incluso los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara. Su petición fue sencilla: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11:1). Necesitar ayuda para orar es compatible con seguirlo. Puedes aprender, y también puedes volver a aprender.
Reconoce qué te hizo dejar de orar
Conviene preguntarte qué ha vuelto difícil la oración. Si tienes demasiadas ocupaciones, quizá necesites otra rutina. Si sientes vergüenza, tal vez estés esperando comportarte lo bastante bien antes de acercarte a Dios. El duelo puede dejarte sin fuerzas. Una decepción puede hacer que orar te parezca arriesgado porque temes volver a ilusionarte. Cada una de esas dificultades necesita una atención diferente.
Piensa en un mensaje que has dejado sin responder. Al principio estabas ocupado. Después te dio vergüenza haber tardado tanto. Finalmente, la idea de explicar tu silencio se convirtió en otra razón para seguir callado. La conversación seguía siendo posible, pero la incomodidad la hacía parecer cada vez más lejana. Con la oración puede suceder algo parecido: dedicas más tiempo a pensar por qué no has orado que a hablar con Dios. Empieza por decir lo que realmente te ocurre. Puedes orar: «Dios, no entiendo por qué pasó esto y he estado evitándote». Si has actuado mal a sabiendas, reconócelo de manera concreta y pide ayuda para cambiar. Si estás de duelo, no necesitas confesar tu dolor como si sentir tristeza fuera una falta de obediencia.
En Salmos 13:1-6, el salmista expresa ante Dios la angustia de sentirse olvidado. Su oración incluye preguntas, una petición de ayuda y confianza. La Escritura nos permite hablar desde el dolor sin fingir que ese dolor resume todo lo que creemos.
Recuerda quién te escucha
En Mateo 6:5-13, Jesús aborda la tentación de convertir la oración en una demostración ante los demás. Advierte contra orar para llamar la atención y contra pensar que una gran cantidad de palabras garantiza que seamos escuchados. Antes de enseñar el Padre Nuestro, les recuerda a sus discípulos que el Padre ya conoce sus necesidades.
No os hagáis, pues, semejantes á ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
Que Dios lo sepa no vuelve inútil la oración. Significa que puedes acercarte sin tratarlo como alguien a quien primero debes convencer de que le importes. Orar incluye presentar necesidades, pero también adorar, reconocer nuestras faltas, agradecer y poner nuestros deseos ante su sabiduría.
Quizá hayas aprendido a pensar que una oración debe sonar enérgica para ser eficaz. Comparas tus frases sencillas con las oraciones públicas de otras personas y concluyes que a las tuyas les falta algo. Sin embargo, el vocabulario y el volumen de la voz no revelan por sí solos la sinceridad de una relación con Dios. Usa palabras que entiendas. Una confesión breve y sincera merece más atención que un discurso elaborado con el que evitas la verdad.
Hebreos 4:14-16 sitúa nuestra confianza en Jesús, nuestro Sumo Sacerdote compasivo. Gracias a Él podemos acercarnos a Dios para recibir misericordia y ayuda. Recordarlo puede interrumpir el esfuerzo agotador de intentar ganarnos el permiso de orar con una semana de buen comportamiento.
Deja que la Escritura te ayude a encontrar palabras
Cuando tus pensamientos estén dispersos, empieza por un pasaje breve en lugar de enfrentarte a una página en blanco. Léelo con calma. Pregúntate quién habla, qué está ocurriendo y qué revelan esas palabras acerca de Dios. Después responde a algo que realmente hayas leído.
El Padre Nuestro ofrece un buen punto de partida. Puedes detenerte en la voluntad de Dios y pensar en una decisión que intentas controlar. La petición del pan cotidiano puede ayudarte a nombrar una necesidad concreta. Las palabras sobre el perdón quizá te hagan reconocer una falta específica. Permite que el pasaje cuestione tus suposiciones, en vez de utilizar un versículo como consigna para conseguir el resultado que ya has elegido.
A veces incluso eso resultará difícil. Romanos 8:26-27 describe al Espíritu ayudando a los creyentes en su debilidad e intercediendo cuando no saben cómo orar como conviene.
Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles.
El pasaje nos anima a buscar a Dios cuando las palabras no alcanzan. No necesitas fabricar una emoción ni forzar una experiencia especial. Puedes reconocer tu necesidad, guardar silencio y pedir ayuda. Permitir que una persona de confianza ore a tu lado también puede formar parte de ese nuevo comienzo.
Encuentra un ritmo para la vida que tienes hoy
Tal vez estés intentando volver a ser la persona que oraba una hora antes del amanecer. Pero tus responsabilidades pueden haber cambiado. Quizá tengas otros horarios, cuides de alguien, estudies o atravieses un duelo. Una práctica que antes encajaba en tu vida puede necesitar ajustes ahora.
Imagina que sigues usando un horario antiguo después de que hayan cambiado la ruta del autobús. Podrías llegar puntualmente a la parada de siempre y aun así no alcanzar el transporte que necesitas. Reprocharte que no sabes viajar no resolvería nada. Tendrías que averiguar cuál es la ruta disponible. De manera parecida, ajustar con sinceridad tu rutina de oración puede ayudarte a mantenerla en tus circunstancias actuales. Marcos 1:35 cuenta que Jesús se retiró temprano para orar. Su ejemplo nos invita a reservar tiempo para el Padre. No establece una hora de levantarse con la que deba medirse la fidelidad de todos los creyentes. Busca un momento viable en tu día y cuídalo dentro de lo razonable.
Podrías empezar después del desayuno, durante un paseo tranquilo o antes de tomar el teléfono por la noche. Deja la Biblia en un lugar accesible. Escribe una oración si eso te ayuda a concentrarte. Comienza con un tiempo que puedas sostener y permite que la práctica crezca sin convertir el reloj en una medida de la aprobación de Dios.
Ora en medio de la decepción sin intentar negociar
A veces la dificultad va más allá de encontrar tiempo. Oraste por la restauración de una relación, por la recuperación de alguien o por un cambio en tus circunstancias. El desenlace te dolió. Volver a orar puede parecerte aceptar la posibilidad de otra decepción.
Puedes decirle a Dios que tienes ese miedo. No te exige presentar una pérdida dolorosa como algo que entiendes. En Mateo 26:36-39, Jesús ora con profunda tristeza en Getsemaní y expresa su deseo ante el Padre mientras se somete a su voluntad. Su sufrimiento tiene un significado único que no debemos reducir a una lección sobre nuestras circunstancias. Aun así, su oración muestra que una entrega fiel puede incluir angustia y una petición expresada con sinceridad.
Lucas 18:1-8 anima a perseverar mediante la parábola de la viuda insistente. Jesús contrasta a un juez injusto con la justicia y el cuidado de Dios. El pasaje no debe convertirse en una técnica para cansar a Dios hasta que conceda el resultado que preferimos. Perseverar nos permite seguir buscándolo mientras esperamos y mientras todavía hay cosas que no comprendemos.
Puedes continuar pidiendo algo bueno. También puede hacerte falta pedir fuerzas para vivir responsablemente hoy, sabiduría para elegir entre las opciones disponibles o ayuda para llorar lo que ya no puede cambiarse. Todas esas oraciones caben en la misma relación. La incertidumbre sobre un desenlace no tiene por qué poner fin a la conversación.
Vuelve después de los días de distracción
Probablemente habrá días en los que te olvides, pierdas la concentración o te quedes dormido. Observa lo que se interpone una y otra vez, pero no conviertas una interrupción en un veredicto sobre toda tu relación con Dios. Haber perdido una mañana no te obliga a esperar hasta el lunes, el próximo mes o una etapa en la que te sientas más espiritual.
Si tu mente se distrae, fíjate en adónde se fue. Quizá necesites anotar una tarea que recordaste para poder volver a la oración. Una preocupación puede convertirse en algo que le presentes a Dios. Algunas distracciones requieren un límite práctico, como dejar el teléfono en otra habitación. Otras indican que estás cansado y necesitas un horario más adecuado.
La constancia también incluye volver. Incluye estar dispuesto a ajustar un plan que fracasa repetidamente. No tienes que compensar una oración olvidada duplicando el tiempo de mañana como castigo. Comienza con lo que vives hoy y deja que la atención se desarrolle con la práctica.
Ten cuidado de valorar la oración únicamente por lo que sientes al terminar. Algunas veces saldrás en paz. Otras seguirás triste o sin tener claridad. Considera también si estás aprendiendo a ser más sincero, a pedir ayuda o a prestar atención a cómo tratas a los demás.
Deja que la conversación continúe en tu día
La oración tiene que ver con la vida a la que vuelves cuando te levantas. Si has pedido ayuda con el resentimiento, piensa si necesitas tener una conversación sincera. Si has reconocido una mentira, pregúntate qué requiere reparar el daño. Si has orado por alguien que se siente solo, quizá puedas dedicarle tiempo.
Eso no significa que cada pensamiento que aparece mientras oras sea una instrucción de Dios. Examina tus impresiones a la luz de la Escritura, los hechos pertinentes y el consejo sensato. Dedica a las decisiones importantes la atención que necesitan. La oración puede ayudarnos a afrontar la realidad con mayor disposición sin convertirse en una forma de evitarla.
Hoy elige un pasaje y una preocupación que puedas presentar sinceramente ante Dios. Decide cuándo volverás mañana. No necesitas reconstruir toda tu vida espiritual de una sola vez. Comienza con la conversación que puedes tener de verdad y deja espacio para la siguiente.
Una oración para volver a empezar
Padre, me ha costado acercarme a Ti. Ayúdame a reconocer con sinceridad lo que me ha mantenido lejos. Enséñame a orar con la vida y las palabras que tengo hoy. Muéstrame en qué necesito arrepentirme, qué necesita cuidado y qué debo confiarte. Gracias porque, por medio de Jesús, puedo buscar misericordia y ayuda. Amén.
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