La fe puede parecer mucho más complicada cuando te toca vivirla. Es fácil decir «Confía en Dios» hasta que estás esperando una respuesta, tienes una decisión por delante o pasas la noche despierto con preguntas que no logras resolver. Puedes amar a Dios y aun así preguntarte si tienes suficiente fe. Al escuchar a otra persona orar con tanta seguridad, quizá tu propia oración, llena de vacilaciones, te parezca muy pequeña.

Cuando hablo de tener fe en Dios, me refiero a aprender a confiar en quién es Él, recibir lo que nos ha mostrado por medio de Jesús y dejar que esa confianza influya en nuestra manera de vivir. Lo conocemos a través de Su Palabra. Aprendemos a apoyarnos en Él aunque todavía no veamos cómo se resolverá todo. No necesitas palabras que impresionen para empezar esa relación. Puedes acercarte con una oración sencilla y con las preguntas que de verdad llevas dentro.

Detenernos a leer Hebreos 11

Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven.

Estas palabras cobran todavía más sentido cuando recordamos quiénes necesitaban escucharlas. En el capítulo anterior encontramos a personas que habían sufrido humillaciones públicas y perdido sus bienes por seguir a Cristo (Hebreos 10:32-36). Sabían lo que era obedecer a Dios y, aun así, vivir días dolorosos. Necesitaban una razón para seguir confiando en Él cuando seguirlo les había costado algo muy querido.

Después vemos a Abraham dejar el lugar que conoce porque Dios lo ha llamado, y a Moisés elegir estar junto al pueblo de Dios antes que conservar los privilegios que tenía a su alcance en Egipto. Su confianza se refleja en las decisiones que toman, la comodidad que dejan atrás y las personas a cuyo lado deciden estar (Hebreos 11:8-10, 24-26).

En este capítulo también hay personas que sufren y mueren sin haber visto cumplirse todo. Su fe también es honrada (Hebreos 11:33-40). Me gustaría que las tuviéramos presentes al leer estos versículos. Si tu historia todavía contiene preguntas sin respuesta, estas páginas también tienen algo que decirte. Nos invitan a confiarle a Dios un futuro cuyo cumplimiento quizá se extienda más allá de lo que alcanzaremos a ver durante nuestra vida.

Deja que tu fe te acerque a Jesús

A veces nos preocupa tanto saber si estamos creyendo con suficiente fuerza que pasamos más tiempo examinándonos que acercándonos a Jesús. Pablo nos ofrece otro lugar por donde empezar. Describe la salvación como un regalo de la gracia de Dios, recibido por la fe, y luego habla de las buenas obras que Dios prepara para Su pueblo (Efesios 2:8-10).

Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios:

Detente un momento en esas palabras. La gracia significa que puedes acercarte porque Dios es misericordioso. No tienes que llegar con un historial perfecto de confianza en Él. Recibes lo que Cristo ofrece y aprendes a seguirlo. Si has vivido la fe como otro examen que debes aprobar antes de que Dios te reciba, deja que este versículo te recuerde cómo comienza esa relación.

Juan nos cuenta por qué escribió acerca de Jesús: para que creamos que Él es el Cristo, el Hijo de Dios, y tengamos vida en Su nombre (Juan 20:30-31). Al leer, vamos conociendo a Aquel en quien confiamos. Claro que importa la respuesta por la que estás orando. Pero conocer a Jesús le da a tu esperanza un lugar donde descansar mientras esa respuesta todavía es incierta.

Cuando tus emociones cambian de un día a otro

Puedes despertar en paz y terminar el mismo día lleno de preguntas. Una conversación difícil, un mensaje desalentador o un recuerdo inesperado puede removerlo todo otra vez. Reconócelo con sinceridad. Puedes atender lo que sientes sin pensar que Dios ha cambiado junto con tus emociones. Hebreos 10:23 nos anima a mantenernos firmes porque Aquel que hizo la promesa es fiel.

Imagina a dos personas cruzando un puente peatonal bien construido. Una avanza con facilidad. La otra se agarra de la barandilla y da pasos cuidadosos. El puente puede sostener a las dos. Sus emociones influyen en cómo viven el cruce, pero la fuerza del puente depende de cómo fue construido. Cuando te descubras midiendo tu fe a cada momento, vuelve por un instante a Aquel en quien confías. ¿Qué has llegado a conocer de Su fidelidad?

Quizá necesitas tiempo para leer, orar y conversar sobre una duda con alguien paciente. Date ese tiempo. No hace falta convertir cada momento de inquietud en una acusación contra tu fe. En Salmo 56:3, el salmista se vuelve a Dios mientras siente miedo. Tú también puedes hacerlo. Puedes llevar ese temor contigo cuando oras.

Puedes confiar en Dios y hacer preguntas

(Porque por fe andamos, no por vista;)

Pablo escribe estas palabras al hablar de nuestra vida mortal, de la esperanza de estar junto a Dios y de nuestro deseo de agradarle (2 Corintios 5:1-10). Nos ayuda a vivir con la mirada puesta en un futuro que todavía no vemos plenamente. Podemos recibir ese ánimo y, al mismo tiempo, reconocer con sinceridad nuestras circunstancias y cuidar las decisiones que tomamos.

Jesús incluye la mente cuando habla de amar a Dios (Mateo 22:37). Los de Berea examinan las Escrituras para entender si lo que les enseñan es verdad (Hechos 17:11). Juan pone por escrito su testimonio sobre Jesús para ayudar a otros a creer (Juan 20:30-31). Así que hay espacio para preguntar, estudiar y aprender. Puedes reconocer los límites de tu comprensión sin tener miedo de usar la capacidad de entender que Dios te ha dado.

Si estás orando por un empleo, lee el contrato. Habla de sus responsabilidades con alguien que pueda aconsejarte bien. Si le estás confiando una relación a Dios, fíjate en cómo esa persona te trata a ti y a los demás. Y cuando alguien diga que Dios le ha hablado, puedes tomarte tiempo para considerarlo con cuidado. Las Escrituras nos animan a estar abiertos al Espíritu y a discernir lo que escuchamos (1 Tesalonicenses 5:19- 22).

Habrá decisiones que tomes sin conocer todos sus posibles resultados. Eso requiere valor. Aun así, no tienes que ponerte en peligro para demostrar tu fe. Cuando Jesús fue tentado a lanzarse desde el templo y reclamar la protección de Dios, se negó a ponerlo a prueba (Mateo 4:5-7). Tomar precauciones sensatas puede ser parte de confiarle tu vida.

Conocer mejor las promesas a las que te aferras

Cuando un versículo parece hablar directamente de algo que deseas mucho, es comprensible que quieras tenerlo cerca. Date tiempo para leer también lo que viene antes y después. ¿Quién recibió primero esas palabras? ¿Qué estaba viviendo? ¿Había alguna condición en la promesa? Leer con atención nos ayuda a escuchar lo que Dios ha dicho, especialmente cuando nuestro deseo de recibir una respuesta es muy fuerte.

Santiago 1:5 nos invita a pedirle sabiduría a Dios. Hebreos 13:5 nos asegura Su presencia fiel. Se nos anima a orar con confianza conforme a Su voluntad (1 Juan 5:14). Podemos volver a esas promesas. No nos dicen el nombre del empleador que nos contratará, de la persona con quien nos casaremos ni la fecha en que terminará una etapa difícil. Podemos confiar profundamente en Dios y reconocer que no sabemos esos detalles.

Cuéntale lo que esperas. Puedes pedir un trabajo, matrimonio, provisión o sanidad sin disculparte por desearlo tanto. Al orar, deja espacio para que te guíe de formas que todavía no has considerado. A veces eso incluirá darte cuenta de que entendiste mal una impresión o esperaste de un versículo más de lo que prometía. Puedes reconocerlo con sinceridad y seguir creciendo en la fe.

Ten paciencia contigo si la predicción tan segura de otra persona se ha convertido en un peso que llevas encima. Puedes escuchar un consejo y seguir haciendo preguntas. No estás obligado a darle la razón a alguien solo porque hable con certeza. Vuelve a las Escrituras para examinar lo que te ha dicho, considera los hechos y busca ayuda de personas confiables cuando la necesites.

Orar con confianza y con el corazón abierto

Quizá has oído usar Romanos 4:17 para enseñar que podemos hacer realidad nuestros deseos al declararlos. Miremos quién actúa en ese versículo. Dios da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. Abraham confía en Él. Pablo centra la atención en el Dios que resucitó a Jesús, cuyo poder hace que podamos confiar en Su promesa (Romanos 4:17-25). Eso da a nuestras oraciones un fundamento que va más allá de la fuerza con la que hablamos.

Tus palabras sí importan. Reconocer sinceramente una falta puede abrir el camino para reparar un daño. Una palabra de ánimo puede ayudar a alguien a seguir adelante. Decir un versículo en voz alta puede recordarte algo que habías olvidado sobre Dios. Pero no tienes que encontrar la declaración perfecta que lo obligue a cumplir tu plan. Estás hablando con el Padre de quien dependes, y puedes acercarte a Él con honestidad.

Jesús nos enseña a pedir que se haga la voluntad de Dios (Mateo 6:10). En esa oración caben una petición sincera y el deseo de dejarnos guiar. Puedes decir que una situación duele, que una factura sigue pendiente o que no sabes qué hacer después. Esas palabras no anulan la fidelidad de Dios. Le dicen dónde necesitas ayuda.

La fe en las cosas de cada día

Santiago sitúa la fe en una escena que podemos imaginar fácilmente. Un hermano o una hermana necesita comida o ropa, y alguien le ofrece palabras amables sin ayudarlo (Santiago 2:14-17). Podemos imaginar esa conversación. Las palabras suenan cariñosas, pero la persona sigue teniendo hambre cuando termina la conversación. Confiar en Dios debería llevarnos a atender las necesidades de quienes nos rodean, incluso cuando ayudar nos cuesta tiempo o comodidad.

Tal vez eso signifique decir la verdad cuando una mentira nos facilitaría las cosas, devolver algo que no nos pertenece o pedir perdón sin justificar lo que hicimos. Tal vez signifique compartir lo que tenemos. Son decisiones cotidianas en las que la gracia de Dios puede empezar a cambiarnos. Nacen del amor que recibimos en Cristo; no pueden comprar ese amor (Efesios 2:8-10).

Piensa en aprender una pieza musical. Puedes leer las notas y entender cómo debería sonar, pero también necesitas sentarte a practicar. A veces necesitas repetir el mismo pasaje difícil. Escuchas, corriges algo y lo intentas de nuevo. Vivir lo que enseñan las Escrituras también requiere práctica. Poco a poco aprendemos cómo las palabras que hemos leído pueden orientar la conversación, la responsabilidad o la decisión que tenemos por delante.

Y cuando te equivocas, también puedes volver a Dios con eso. Quizá necesites reconocer un error, pedir perdón o reparar un daño. Haber llamado paso de fe a una decisión anterior no significa que debas defenderla para siempre. Hay humildad, y muchas veces alivio, en poder decir que ahora entiendes algo de otra manera.

Hacer espacio para la fe durante la semana

Luego la fe es por el oir; y el oir por la palabra de Dios.

En Romanos 10, escuchar está relacionado con la buena noticia acerca de Cristo. Cuando abres la Biblia, dedicas tiempo a conocerlo mejor. Empieza con un pasaje al que puedas prestar atención. Unos pocos versículos leídos con cuidado pueden darte algo en lo que pensar durante el día. Busca un ritmo que te ayude a volver, en lugar de un programa tan exigente que te haga sentir derrotado antes de empezar.

Lee el párrafo o el capítulo que rodea esos versículos. Observa qué revelan sobre Dios y qué significaban para quienes los escucharon primero. Después piensa en tu propia respuesta. Si algo te desconcierta, anota la pregunta. Puedes buscar una explicación sin fingir que el pasaje ya está claro. Aprender muchas veces empieza por estar dispuesto a preguntar.

Ora con las palabras que usas cada día. Dale gracias a Dios por las cosas concretas que te vengan a la mente. Háblale de la conversación que te preocupa o de la decisión que sigues dejando para después. Pide sabiduría y piensa en un paso que puedas dar. Quizá sea pedir disculpas, cumplir una responsabilidad o, por fin, pedirle ayuda a alguien. Una oración breve y sincera puede ser un buen comienzo.

Deja que otros creyentes formen parte de tu vida. Hebreos 10:24-25 nos llama a animarnos mutuamente al amor y a las buenas obras. Busca personas que sepan escuchar además de hablar, y una iglesia donde las preguntas sean bienvenidas y los líderes rindan cuentas de su conducta. Puedes aprender de la historia de otra persona sin sentir que la tuya tiene que seguir el mismo calendario.

Al terminar la semana, dedica un momento a mirar lo que has vivido. ¿Pediste ayuda sin esperar tanto? ¿Dijiste la verdad aunque fuera difícil? ¿Volviste a orar después de una decepción? Quizá también haya cosas que necesites reparar. Preséntaselo todo a Dios. Los pequeños cambios no te dicen exactamente qué ocurrirá después, pero pueden ayudarte a reconocer cómo estás aprendiendo a confiar en Él ahora.

Acércate a Dios con la fe que tienes

No todos expresamos la confianza de la misma manera. Algunas personas encuentran las palabras enseguida. Otras necesitan pensar antes de hablar. No tienes que imitar la voz de otra persona para vivir una relación real con Dios. Una decisión silenciosa de hacer lo correcto puede decir mucho de tu confianza en Él. Dios conoce lo que llevas en el corazón cuando te acercas a Él.

Empieza, entonces, por Jesús tal como lo encuentras en el evangelio. Lee, haz tus preguntas y deja que lo que aprendes oriente tu próxima decisión. Recibe la ayuda de personas confiables. A medida que vayas conociendo a Dios más profundamente, deja también que tu confianza en Su fidelidad vaya creciendo.

Puedes poner tu vida en Sus manos hoy sin haber resuelto todas tus preguntas. Y mañana puedes volver a acercarte. En esta relación hay espacio para aprender, aceptar corrección y orar con la sinceridad de alguien que quiere seguir creciendo.

Una oración para crecer en la fe

Padre, quiero conocerte y aprender a confiar más en Ti. Ayúdame a escuchar Tu Palabra con claridad y a conocer mejor a Jesús. Cuando tenga dudas, dame sabiduría. Cuando haya entendido algo mal, ayúdame a aceptar la corrección. Enséñame a amar a las personas que tengo delante y a hacer lo correcto, incluso en las cosas pequeñas. Gracias porque puedo acercarme a Ti mientras todavía estoy aprendiendo. Amén.

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